Exposición de motivos

¡Siento mucho el batiburrillo de ideas que os vais a encontrar más abajo! ¡Mea culpa! Pero debo confesaros que ya gestioné un blog antes y, en esta nueva aventura, no quiero que mi primer post sea perfecto.

Lo prefiero sincero. Como todo lo que garabateo entre estación y estación. Desgarrado. Áspero incluso. Tan feo como la situación que estamos viviendo, esa que me obliga a reinventarme cada día (tenga o no fuerzas) y que me hace dudar hasta de mis propias metas.

Puede que sin ella no habría sido lo que soy. Y, probablemente, tú tampoco.

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Ahora que me paro un segundo a pensar caigo en la cuenta. Otra vez en el metro. Otra vez en el andén que me lleva de vuelta a casa. Otra vez frente a la pantalla del ordenador preguntándome ¿Qué pasará mañana? ¿Qué haré mañana? ¿Quién seré mañana?

Y, la verdad, no lo sé. Siendo sincera, no creo haberlo sabido nunca. ¡Y aún menos ahora que me han robado las certezas un puñado de piratas!

Mi vida da demasiadas vueltas últimamente como para pararme a pensar… Imagino que todas lo hacen con la que está cayendo. Pero os confieso que estoy físicamente agotada y mentalmente inquieta. Cansada de sentirme una periodista a sueldo parcial, una abogada endiabladamente empática, una treintañera obstinada y una soñadora en apuros que compra, vive y cobra low cost.

Me siento triste por ganarme la vida haciendo lo que surge. Y eufórica por seguir manteniendo a flote algo, puede que solo un trocito, de mi alma de poeta. Es lo que tiene dejarse la piel en cada nueva andadura… Valga o no la pena.

¡Curioso! Siempre pensé que quería vivir aventuras… Pero no debí entender bien qué significaba. Lo reconozco, carezco de olfato. Aunque, eso sí, resisto bien los golpes. ¡Nobleza obliga!

Y ahora, tras morder demasiadas veces el polvo, lo sé. Vivir supone mucho sacrificio y escasas recompensas. Implica ser un poquito más cínica y un muchito menos ilusa. No obstante, aún creo que todo ha sido y es demasiado inesperado… La vida pasa ante mis ojos tan rápido. Tan desconcertante. Tan ingobernable, que me resulta imposible moldearla a mi antojo. ¡Qué mas quisiera!

Me ha costado un treintena caer en la cuenta. Muchas vueltas y un raro sentimiento de vértigo en el estómago. Es como si toda yo (mi presente, mi pasado y mi futuro) desfilara constantemente por el borde de un precipicio. Encadenada a una suerte de tirolina que amenaza una y otra vez con saltar al vacío. Pero, aunque sé que está ahí, no siempre veo el otro lado del cable. Ya no.

Empiezo a entender lo que es el miedo. El miedo real y no el de las películas. ¡Pobre de mi! 

¡Y pensar que en la madrugada de mi vida fui una loquita repleta de ilusiones! Normal. Así deberían poder ser todos los niños y así fui yo algún tiempo atrás.

Por entonces me sentía artista en todo momento. Jugaba a dibujar el mundo. Primero con lápices de colores. Después con una preciosa pluma que no sé muy bien cómo llegó a mis manos ni dónde estará escondida.

Años más tarde me convertí en escritora. En una de esas que regalan el alma en cada rincón. ¡Que bonito recordar! Pero de tanto ir dando saltos por el mundo acabé desorientada. De buenas a primeras me descubrí navegando sin rumbo entre libros vacíos de sentimientos, códigos farragosos y jurisprudencia injusta. Castigué el alma leyendo sentencias. Poco a poco. Sin caer en la cuenta… ¡Ius est art boni et aeque! (*el Derecho por definición debe buscar lo bueno y lo justo) – dijo Celso. Y yo le creí a pies juntillas…

Así fue como un mal día pasé de página. Dejé encerradas en un cajón mis pasiones y dediqué horas, meses, años a luchar por tratar de convertirme en algo, o mejor dicho, en unos cuantos alguien que despreciaba pero que constantemente aparecían en mi camino. 

Era una niña triste. Perdida. Rodeada de codiciosos que sólo tenían ojos para su propio ombligo y cobraban (muy bien y en negro) por fingir lo contrario. Por simular que echaban una mano ante el estrado al pichi de turno…

Y ahí estaba yo, desaprendiendo de ellos tantísimo que un mal día dejé de escribir. Abandoné mis sueños olvidados en el fondo del escritorio… Y me perdí entre montañas de trabajo… 

Pero un buen día llegó y me escapé. Planee una huida y andé el Camino de los caminos, ese que acaba en Finisterre y se celebra en torno a la tumba de Iacobus. Y, entre lugares y templos a cual más maravilloso, empecé a escuchar a mi yo dormida. Ahí estaba. La soñadora. La de ojos luminosos. La de voz ahogada. Casi consumida pero siempre dispuesta a salir a flote…

No tuve opción. Me enamoré de su recuerdo. Otra vez. Me eché a un lado y la dejé pasar. No era el tiempo ni el lugar. Claro que no. Pero era su momento. Se lo debía. Así que abrí el cajón de escritorio, plegué la toga y compartí bordón con mi pluma. Y, aunque he pagado un precio muy alto, no me arrepiento de haberlo hecho. No podré hacerlo nunca.

Por un tiempo precioso descubrí que a su lado al fin brillaba la luz de los sueños. Intensa y tímida. Repleta de un mundo de oportunidades. Deliciosa incluso. ¡Y cuanto la aprovechamos juntas! ¡Y cuanto la echo de menos ahora que ella también se ha hecho mayor!

Recuerdo con cariño las muchas caras que descubrimos, las mil y una horas en la calle y otras tantas frente a teletipos que utilizaba sólo para beber de otra fuente información. Lo de copiar se lo dejé a otros. A esos que tanto estorban, perjudican y ocupan. A esos que no habían conocido el valor de la Justicia y el tiempo. A esos que nunca entenderán lo que es dejarse el alma en algo…

¡Ah, que bellas y lejanas recuerdo esas viejas pantallas de ordenador donde, por vez primera, tuve miedo a la palabra! Tuve tanto miedo. Me sentí aterrada. Desinflada y temblorosa. Y lo supe: Mi vieja yo había pasado demasiado tiempo encerrada… 

Puede que por eso mi eterno sueño se escapara de las manos tan de repente. Bueno, por eso y porque llegó la siniestra parca que llamamos Crisis. La maldita cosa esa que consumió a tantos de un día para otro. Esa que se encargó de hacerme partícipe de la otra generación perdida. ¡Joder! Si tuviera tiempo de sentarme en un banco… O quizás el dinero suficiente para entrar en un bar así, porque sí, porque se me antoja; invocaría a Stein, a Scott Fitzgerald y al mismísimo Hemingway para decirles frente a frente que “Madrid tampoco es una fiesta”. No, ya no lo es.

Y me costó mucho asimilarlo…

Me ha llevado demasiado tiempo entender que no puedo lamerme las heridas eternamente. Ni seguir presa de una de las experiencias más atroces y, sin embargo, preciosa que he vivido.

Mas, lo supe, era hora de poner punto y a parte. El primero que yo no decidía. El que más duele. Era hora de volver estar acojonada. De no entender dónde narices pretendía llevarme la brújula del destino. De retar a los hados embutida en el ajado respaldo del sofá con la única compañía de los capítulos atrasados de Cuarto Milenio. 

Por suerte pude hacerlo. Me atreví a dejar los misterios a un lado y salir de casa en busca y captura de trabajos temporales. Me obligué a aceptar puestos por los que ya había pasado, a firmar contratos ofensivos y a conocer personajes demasiado vacíos como para merecer mi desprecio. ¡Que vá! No me han dado nada. Ni siquiera eso merecen.

Sin embargo, embarrada aún hasta las trancas del más sucio de mis trabajos efímeros (pero necesarios para pagar el alquiler), un buen día vino a visitarme la diosa Fortuna. Como siempre lo hace. De buenas a primeras. Fugaz e incompleta. Dispuesta a darme sólo una parte de lo que necesitaba. ¡Pero que parte!

Al otro lado del túnel me esperaba muchísimo trabajo a cambio de muy poco. Incertidumbre y retos. Y, aún no entiendo muy bien porqué, pero me sentí dichosa. Me imaginé a mi misma haciendo un sinfín de cosas nuevas: Poniéndome frente a un micrófono, escribiendo de nuevo, creando un proyecto desde sus cimientos, pintando en HTML y Photoshop, estudiando una vez más y, en definitiva, navegando en busca del horizonte perdido. Y lo más curioso fué que me reconocí en el espejo.

Creo que incluso sonreí a aquel reflejo de mi misma. A aquella sombra más arrugada, más insolente y, en definitiva, más vieja. Era un nuevo principio…

Y, en fin, aquí estoy. En pie. Dolorida pero en pie. Disfrutando de un curioso regalo que no pedí. Descubriendo que la vida merece la pena cuando se sigue adelante, aún ahora que la mochila empieza a pesar de tan cargada…

Fuera me espera una tarde de sol a la que ojalá le queden muchas horas… No prometo nada. Pero tengo intención de disfrutarla. Quiero alzar los ojos al cielo y ver como los rayos de sol danzan con las nubes. Despacio, muy despacio. Conocedores de que sólo habrá una oportunidad antes de la lluvia. Quiero dejar la mente en blanco, olvidar las preocupaciones y pensar qué pasara con los rayos de sol cuando vuelva la lluvia… 

No tengo ni la menor idea de qué está por venir, pero me gusta pensar que hoy mis temores se escapan donde yo nunca podré ir ya: Al País de Nunca Jamás. A ese rincón de eternas esperanzas, de eternas de posibilidades.

Seré sincera con vosotros, ya no sé en que creer. Si puedo o debo esperanzarme. Pero, lo confieso, detrás del agotamiento diario hay un atisbo de ilusión. Y después de meses echándolo en falta… Se agradece.

Ojalá dure. Ojalá me de tiempo a recuperar mis dichosas fuerzas antaño inagotables. Mi confianza. Mi tesón. Y, si es posible, mi mala leche. Aún hay muchos malos a los que vencer… Porque no tengo ni puñetera idea de que nos deparará esta asquerosa crisis. Pero ya le entregué la cartera y, sí, también el lomo.

¡Que no pida más! Mis sueños son míos. Míos otra vez. ¡Y me sobran redaños para hacerlos realidad!

Gema Noemí García Ruipérez.  

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